Con cada paso nos acercábamos más y más.
Mi desesperada timidez quería frenar y cambiar de dirección.
Soñé despierto con su sonrisa, bebí sediento de los ríos que la atravesaban y bañaban, confundí el sol con la luz de sus ojos y derramé mi sangre sobre su húmeda piel.
Me ví, a mi mismo, dentro suyo; jamás me sentiría encerrado en mi propio hogar; ella emanaba fertilidad, yo seguía el rastro.
Con cada sacrificio nos uníamos más y más.
Dejaba nacer de sus labios arcoiris sin tesoros, y fielmente sentado sobre un torrente de caricias descubrí la electricidad que genera su voz sobre mi alma.
Nunca conté la cantidad de pasos. Me dejé llevar.
lunes, 23 de noviembre de 2009
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